Boyle Special
« The Greatest Spectacle in Racing ». Así llaman los estadounidenses a las 500 Millas de Indianápolis, con razones de sobra para hacerlo. Y no es como si en los EE. UU. no hubiera otras carreras y circuitos prestigiosos: las 24 Horas de Daytona y las 12 Horas de Sebring, por ejemplo, son realidades muy vitales con una gran historia a sus espaldas; pero la carrera por antonomasia, la más conocida en todo el mundo, ésa que al oír su nombre inmediatamente piensa uno en el sueño americano... es sólo ella, ¡Indy!
Los óvalos, típicos circuitos americanos que tienen la ventaja de que el público puede seguir simultáneamente todos los coches que compiten, nunca han llegado a cuajar en Europa, donde son habituales los circuitos urbanos como Montecarlo, las pistas en carretera al estilo de Le Mans o los autódromos estables como el de Monza. A los coches europeos siempre se les han atragantado las pistas ovales, en parte porque los motores van casi siempre a tope y además el chasis, las suspensiones y los neumáticos tienen que poder soportar esfuerzos constantes y muy repetitivos. Una recta, una curva de 90°, una recta, una curva de 90°, y así sucesivamente, siempre igual durante 500 millas, sin ninguna variación. Y sin un momento de descanso.
Con semejante premisa, es fácil entender por qué desde 1911 la competición celebrada en el estado de Indiana normalmente ha sido un feudo de los automóviles «made in the USA» y se comprende por qué el triunfo de un fabricante europeo siempre ha suscitado un gran revuelo. Pero hay una casa italiana que ha ido más allá aún, obteniendo la victoria durante dos años consecutivos en el Indianapolis Motor Speedway. Esta Casa se llama Maserati y el vehículo que en 1939 y 1940, con Wilbur Shaw al volante, dejó tras de sí a sus aguerridos adversarios era el 8CTF, conocido con el nombre de Boyle Special, en honor al patrocinador americano que lo había financiado en las dos ocasiones. Cabe recordar que este éxito doble habría podido ser triple, si no fuera porque en la carrera de 1941 una avería causada por una rueda defectuosa impidió al modelo de la casa italiana hacerse con una nueva victoria.
El modelo 8 Cilindri Testa Fissa, de donde deriva la sigla 8CTF, se engendró en la mente de Ernesto Maserati a principios de 1938. Bajo la gestión de la familia Orsi, por fin habían quedado atrás las dificultades económicas del Tridente y este genio del diseño había elegido un motor de tres litros sobrealimentado, una configuración con la que había acumulado una notable experiencia. El motor tenía alimentación independiente para cada grupo de cuatro cilindros y estaba equipado con dos compresores Roots. Se desarrolló en muy poco tiempo y en 1939 la unidad motriz alcanzó la excelente potencia de 365 CV. Potencia abundante y fiabilidad formidable: esas fueron las cartas que jugó Shaw para llevarse las dos importantes bazas. Pero, ¿cómo se explica que Michael J. Boyle —apodado Umbrella Mike y líder del sindicato más importante de Chicago— decidiera usar un Maserati? Era un personaje conocido en el óvalo de Indianápolis y sabía que con los típicos Miller y Stevens que ya poseía no habría podido incrementar las prestaciones. Había quedado muy impresionado con un Maserati 6CM que había comprado en 1938, por lo que le encargó a su mecánico jefe de confianza, Harry Cotton Henning, que acudiera a Bolonia a la fábrica italiana, donde concluyó con éxito la compra de un 8CTF. Tras volver a los EE. UU. con el monoplaza del Tridente, Cotton lo sometió a una minuciosa y concienzuda puesta a punto con vistas a las 500 Millas y, con la ayuda del magnífico equipo de mecánicos del Boyle Racing Team, consiguió poner el 8CTF en condiciones de dar lo mejor de sí mismo. Y los resultados no tardaron en llegar.
Durante toda la carrera de 1939, la lucha fue muy reñida: en las 200 vueltas realizadas, Wilbur Shaw tuvo que lidiar largamente con el Miller Ford-Offenhauser de Cliff Bergere, que quedó tercero, precedido en el podio por otro adversario difícil, el Adams-Sparks pilotado por Jimmy Snyder. Sin embargo, al final Shaw consiguió cruzar la meta antes que los demás. Habían pasado casi veinte años desde que un coche europeo pasara por primera vez bajo la bandera de cuadros de Indianápolis y Wilbur Shaw estaba tan contento con las prestaciones que había alcanzado el 8CTF que envió a Maserati una fotografía suya a bordo del coche, en la que no podía faltar una dedicatoria: «A los hermanos Maserati, por haber creado un automóvil tan maravilloso».
Así fue como la pequeña casa italiana consiguió hacerse con los laureles más ambicionados de ultramar y escribió su nombre en el palmarés de una carrera que desde siempre es el símbolo más importante del automovilismo deportivo estadounidense





